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IPO: El río Magdalena, "el cementerio más grande de Colombia"

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El río Magdalena, "el cementerio más grande de Colombia"

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15.04.07

colombia.indymedia.org
www.elcolombiano.com

La creciente de lágrimas del Magdalena

El último día vi al gallinazo con las alas abiertas y el pico sobre mi esposo. Sentí descanso al verlo, porque fue como la estrella negra que me llevó a encontrarlo. El cuerpo estaba hinchado, con los brazos partidos y el vientre morado. La cara no parecía cara y cuando me acerqué reconocí al amor de mi vida, pero le juro que de él ya no quedaba nada.

Se llamaba Juan de Dios Santana Bravo. Ocho días antes le habían rellenado la espalda de plomo, después de hacerle mil cochinadas. Todos sabemos que fueron los ‘paras’ y yo sé que lo torturaron, pero nadie sabe por qué lo mataron.

Ahora, después de seis años, regreso al río para revivir esa historia solo porque usted me lo pide.

¿Quiere que le diga algo? Se siente raro estar en una chalupa sin la angustia profunda de buscar un cuerpo. Hasta el agua parece más tranquila, pero es lo mismo, es el Magdalena: el cementerio más grande que tiene Colombia.

Me llamo Amparo Pérez Metaute y soy una de tantas. Tengo 12 hijos y 46 años, aunque parezco más vieja. Soy viuda porque, como ya le dije, a mi Juan de Dios, alma bendita, me lo mataron y después lo echaron al río como hacen esos señores casi siempre.

El Magdalena bajaba, hace un par de años, con espuma, palos y muertos. Antes más que ahora, pero igual, ahora también bajan. Yo gracias a Dios encontré al mío. Pero justo, a esta hora, en alguna casa, deben estar buscando un desaparecido que ya bajó por el río hace años. Debe estar bajo el agua, junto a la arena y las piedras. Mezclado con los peces.

Por eso es que los pescadores son los que más ven cuerpos. Porque se les atraviesan en su trabajo. Los que más conocen historias, además de nosotros los familiares, son los pescadores…

I. El pescador

José Rodolfo Acosta García descubrió en septiembre de 1991 una fosa común acuática en un recodo del Magdalena. A quince minutos de Puerto Triunfo. Lo hizo sin querer, en medio de una pesca de amigos. Ese hallazgo le costó la vida.

En una chalupa iban él y otro pescador. José impulsó la barca con una vara de madera y sintió cómo el fondo de arena y piedras se transformaba en un colchón blando. Al lado estaban los gallinazos, escarbando la orilla.

¿Qué es esta mierda?, le dijo al amigo.

No se ponga con jodas y deje eso quieto, le respondió.

Pero José no hizo caso. Movió la vara y desde el fondo del Magdalena salió la imagen más macabra que pudo imaginar alguna vez: en un parpadeo e impulsados por el revoltijo, salieron a flote decenas de pedazos de cuerpos. Estaban frescos, aún con sangre. Acababan de ser cortados con machetes y motosierras.

José quedó impresionado como nunca.

Él trabajaba en el juzgado de Puerto Triunfo entre semana y pescaba los domingos.

El lunes, a primera hora, hizo la denuncia: “En el lugar conocido como ‘Los Trinchos’ botan cadáveres”.

Con eso, dice la gente de Puerto Triunfo, el pescador se mató a sí mismo.

El 25 de septiembre de 1991, un par de días después del hallazgo, Leonor García, la mamá de José, hacía la sopa del mediodía y escuchó una ráfaga de fusil. Su casa queda cerca de la iglesia.

“Me dio un miedo horrible, pero no me imaginé nunca que esos tiros se los estaban metiendo a mi hijo”, recuerda Leonor, 15 años después.

Delante de los niños que salían del colegio, José fue asesinado en el parque por un grupo paramilitar. El sol era como un bombillo gigante puesto en la mitad del cielo para que todos vieran la muerte del pescador que se atrevió a denunciar.

“En esa época le decían el MAS (Muerte a secuestradores), pero eran los mismos paracos. Él no se quiso subir a un carro, dizque para no hacer sufrir a la mamá, y lo remataron ahí mismo”, relata un testigo del asesinato que prefirió ocultar su nombre.

Los Trinchos fue el “botadero oficial” de partes desmembradas de los asesinatos de finales de los ochenta y principios de los noventa en Puerto Triunfo. Allá estaban todos los cuerpos pero, a fin de cuentas, no estaba ninguno.

Los pescadores saben que en este río, como en cualquiera de Colombia, los muertos bajan, aunque es mejor no sacarlos.

“Aquí hay que ver y oír, pero siempre es preferible callar”, comenta Aurora Acosta, hermana de José Rodolfo Acosta García, el pescador que encontró por mala suerte un infierno, lo denunció y fue asesinado.

Barranca 11:47 a.m.

...A mi los pescadores me ayudaron a encontrar a mi Juan de Dios y yo por eso los quiero mucho, aunque hace rato no hablaba con ellos, porque al Magdalena no había vuelto.

Mi historia no es solo el asesinato, la desaparición y la muerte de mi esposo.

Fui desplazada del sur de Bolívar, en 1999, porque mi hija se enamoró de un guerrillero. Culicagada, a veces me da rabia con ella, pero yo la entiendo.

Desde ese año nos vinimos a vivir a Barrancabermeja. Ahí arrancó la tragedia. Tres hijos míos ya murieron.

Pero hoy solo le cuento la historia de mi esposo, que es la que a usted le interesa, porque fue el que bajó muerto y desfigurado por el río.

Juan de Dios era comerciante de madera y se movía mucho por el Magdalena llevando y trayendo mercancía.

Un día llegó a comer a la casa con una palidez de difunto y me contó que los paras lo bajaron del bus, en plena ciudad, y lo amenazaron.

Eso fue el sábado y a la semana siguiente, el lunes, se fue a traer madera desde El Bagre.

Agarró una lancha que iba para ese pueblo pero nunca más lo volví a ver. Con esa despedida empezó la angustia más grande que he tenido en mi vida. Peor que tener un muerto, es saber que un ser querido está desaparecido…

II. El hijo de “El Mono”

A Jaime César “El Mono” Espinosa, vendedor de arepas en Puerto Berrío, se le perdió su hijo la madrugada del lunes 3 de julio de 2006 en la plaza del pueblo.

Le decían El Gorila y se llamaba Fabián Alonso Espinosa. El último que lo vio con vida, a excepción de sus asesinos, fue un amigo que le ofreció llevarlo a la casa.

Contó que lo notó borracho, muy pálido y tembloroso. Dijo que no le aceptó la oferta del aventón. Después de eso se lo tragó la tierra, o mejor el agua, por siete días.

“El Mono” reconoce que su hijo tenía relaciones con personas “malucas”. “Esa gente”, es el término utilizado para referirse a ellos. Parece ser un nombre muy amplio, pero encierra en esas dos palabras a muy pocos.

Hace nueve meses, la muerte le cobró a Fabián esos malos lazos.

Todo el lunes de la desaparición fue un infierno. El martes ya la noticia de su muerte empezó a susurrarse y el miércoles el corazón de “El Mono” le decía que su hijo era cadáver.

“Aquí a todo el que matan lo tiran al Magdalena. Entonces pedimos a los pescadores que nos ayudaran a buscar el cuerpo y pusimos avisos en la radio”, comenta “El Mono”.

Por esos días el río estaba muy crecido y el cuerpo sin vida de Fabián, de 21 años, llegó sin trabas hasta Puerto Wilches, (Santander), más abajo de Barrancabermeja.

La Defensa Civil de la zona hacía una ronda cuando encontró el cuerpo de un joven. Tenía ojos azules y pelo claro.

Le avisaron a “El Mono” y él se fue con la prisa que da la angustia de tener que reconocer un cadáver.

En la morgue de Barrancabermeja lo vio tendido sobre una camilla. Enfocó sus ojos y por más que intentó no pudo decirle a nadie, ni creer él mismo, que ese muerto era su hijo. Estaba irreconocible.

Entonces pidió permiso entre los funcionarios del sitio y con los ojos cerrados metió la mano en un bolsillo del bluyín ancho del muerto.

De allí sacó tres estampas plastificadas: una de la Virgen del Carmen, otra del Señor Caído y una más del Corazón de Jesús.

Fue solo en ese momento cuando tuvo la seguridad que ese cuerpo amorfo, sin facciones y sin pliegues, era el de su Fabián. Él siempre, sin falta, cargaba las tres estampas.

“A uno le queda una cola en el alma con la gente que lo mató. ¿Por qué a mi hijo no se lo llevó Dios y sí otro hombre? ¿Por qué?”, se pregunta.

Fabián Alonso Espinosa Agudelo, el hijo del “El Mono” Espinosa, vendedor de arepas de queso, fue velado en la sala de su casa en Puerto Berrío el 13 de julio de 2006, diez días después de su desaparición.

La salita humilde, de paredes verde y naranja, se llenó por completo y después el féretro tuvo una caravana nutrida hasta el cementerio del pueblo.

“Yo estoy casi segura de que mi hijo se enteró de una vuelta rara de los paras comenta Rosalía Agudelo, esposa de “El Mono”. Fue por eso que lo mataron. Para callarlo. Aquí en Puerto Berrío la gente sabe quiénes lo mataron. Yo no sé por qué no los cogen”.

Barranca 12:38 p.m.

...Según me cuentan los que iban con Juan de Dios en la lancha para El Bagre, a unas dos horas de viaje por el río Magdalena se encontraron con un retén paramilitar.

Hicieron bajar a los pasajeros en una orilla y los revisaron. Ordenando con gritos como si fueran la autoridad.

Después los requisados volvieron a la lancha y cuando se contaron entre ellos faltaba uno. ¿Y a qué no adivina a quién fue a ese que dejaron? Pues claro, a mi esposo.

Algunos fueron valientes y les pidieron que devolvieran a Juan de Dios. Que no le hicieran nada, ¡pero qué va! ¿Sabe qué les respondieron esos matones? “No se preocupen, sigan para El Bagre, que a este señor lo soltamos ahorita”. Pura mentira.

Yo esa tarde me quedé tranquila. Me lo imaginaba en su trabajo.

El miércoles, dos días después, un señor fue a mi casa y me contó que a mi esposo lo habían bajado de la lancha. A mi se me enfrió todo. Supe que me lo habían matado.

En esos momentos uno se imagina mil cosas y también recuerda. Ahí no existe el consuelo. Es un dolorcito permanente en el alma. Es como si a uno también lo torturaran y lo mataran y después lo echaran al río para que se lo coman los gallinazos. Es un dolor muy horrible.

¿Sabe en qué piensa uno mucho? En que pasen los días y los meses y uno nunca encuentre el cuerpo del difunto. Que se vaya al fondo del río o lo entierren en cualquier parte como un muerto más. Como un NN…

III. Santo NN

Puerto Berrío es un pueblo caliente con cara de ciudad pequeña en donde los NN hacen milagros.

El pabellón dedicado a ellos, en el cementerio central, es un espacio largo y alto pintado con colores vivos y adornado con flores frescas.

Cada uno de los más de cincuenta NN que allí están enterrados tiene su dueño, aunque suene ilógico. Solo aquel que se adueñó de la suerte de un muerto sin propietario puede pedirle favores y únicamente a él se los concederá.

Es por eso que en las tapas de las bóvedas de los NN de este pueblo se ven frases como “NN escogido”, o “Gracias NN por el favor recibido”.

Decenas de los cuerpos allí enterrados sin nombre fueron sacados por pescadores del río Magdalena. Algunos otros son guerrilleros y paramilitares caídos en combate con el Ejército.

Antonio “Toño” Cadavid es un hombre tartamudo que alguna vez decidió escoger un NN para rezarle.

Le pidió salud y trabajo. Después, con más confianza, le rogó para ganarse un chance.

“Le jugué al 5444 y gané”, cuenta “Toño”, quien desde ese día, sin falta, va a visitar a su NN que ya tiene nombre: “se llama Sonia, porque investigando, me di cuenta que era una mujer”. “Gracias NN Sonia por el favor recibido”, reza.

“La ley los trae y les paga el entierro. Nunca nadie vuelve a preguntar por ellos, excepto los que les rezan”, explica Arnulfo Jesús Durán, sepulturero de Puerto Berrío.

La noticia de los milagros se regó por todo el Magdalena Medio. Ahora encontrar en este pueblo un NN sin dueño es caso perdido.

El sepulturero dice que desde el año pasado no entierra cuerpos sin nombre y que los últimos que llegaron tuvieron una antesala igual o mayor que aquellos muertos identificados.

Cualquier parroquiano se apropia del cadáver y entonces escribe en la placa de la bóveda. “NN escogido”. Después lo bautiza “NN Carlos”, “NN Bernardo” o “NN Luz”.

Allí empieza el rezo, la petición del milagro y finalmente, cuando lo cumple, la coronación de la bóveda con una placa en mármol que dice: “Gracias NN por el favor recibido”.

El milagro está hecho y se repite el ciclo.

Hay criptas con dos, tres y hasta cuatro placas de mármol. “Eso quiere decir que es un buen NN y otorgó cuatro milagros”, explica “Toño”, ya versado en estos casos.

En los años ochenta y finales de los noventa, cuando los cuerpos bajaban flotando sin falta día tras día por el Magdalena, algunos se atrevían a sacarlos y los enterraban como NN, pero no les rezaban.

Ahora cada sepultado sin nombre tiene un dueño que nunca lo conoció. Es un deudo que reza por él y para sí mismo, en busca de un milagro.

Barranca 1:21 p.m.

...Como yo no quería que mi Juan de Dios se quedara como difunto sin nombre, la misma tarde que me enteré de su muerte salí a buscarlo en lancha.

Pero antes me tragué mi odio y fui a hablar con un señor que todos sabíamos, aquí en Barrancabermeja, que era paraco.

Nunca en mi vida, en toda mi vida de viuda, se me va a olvidar lo que yo hablé con él y la forma en cómo me trató.

Llegué a su casa y me recibió en el cuarto sin afán, como si atendiera a una vecina más que iba a pedirle azúcar.

Yo quiero saber qué hizo usted con mi marido, le dije.

Entonces se sentó en su cama, se puso las medias, se amarró los zapatos y me respondió, sin siquiera levantar los ojos:

-No se preocupe que no le vamos a hacer nada. Más bien tome esta platica.

Y se metió la mano al bolsillo y me dio 40 mil pesos. ¡40 mil pesos que seguro le había robado a mi esposo! Esa fue la plata que me dio por haberlo matado y torturado.

Ahí fue que me convencí de que estaba muerto.

Me fui al puerto y alquilé la lancha. Salí con mi hijo pequeño que debía tener unos diez años. Arrancamos por el río a buscar gallinazos.

Los gallinazos son la guía cuando uno busca un muerto. Unos los ve reunidos y siente una mezcla de tristeza y alegría. De odio y resignación.

Esa noche me devolví porque se nos acabó la gasolina.

Fui a la Organización Femenina Popular (OFP), aquí en Barranca, y allá me ayudaron con la plata para salir al otro día a buscarlo otra vez.

La misma cosa. De un lado para otro, a un ritmo muy lento, parando en las palizadas y mirando al cielo en busca de los pájaros esos.

Una tarde, cuando volví de la búsqueda, una señora fue a la casa a decirme que habían visto bajar por el río el cuerpo de mi Juan de Dios. Que estaba flotando hinchado, sin camisa y con la mano en alto, como diciendo adiós.

Al otro día lo encontré. En la barquita íbamos mi hijo, el chalupero y yo. Vi los gallinazos revoloteando encima y cuando me acerqué estaba otro animal sobre la barriga, picoteándolo.

Lo reconocí por un tatuaje que tenía en el pecho. Lo montamos a la chalupa y lo llevamos para el pueblo.

En el viaje de regreso me acordé del señor que dijo, sin mirarme a la cara, que no le había hecho nada. ¿Cómo me pudo decir eso si él ya sabía que estaba flotando en el río?

Eso fue en 2001 y desde eso no volví a navegar por el río, porque nunca más quise subirme a una chalupa. Ni siquiera para transportarme.

Hasta hoy, cuando usted me pidió de forma muy decente que le contara la historia de cómo es que aquí en el Magdalena a los que asesinan no los entierran. Prefieren botarlos al río.

Cifras de un cementerio de agua

“El río Magdalena es un gran símbolo de vida pero también de muerte”. Con esta frase define Yolanda Becerra, directora de la Organización Femenina Popular (OFP), la forma en cómo la principal avenida marítima del país se convirtió en el cementerio de agua de los desaparecidos.

Esto lo confirmó el jefe paramilitar Ramón Isaza al señalar hace dos meses que “nosotros no hacíamos fosas comunes. A toda la gente la tirábamos al río”.

El Magdalena Medio, primero bajo la presión del Eln y luego con la llegada de los paramilitares, se transformó en zona de guerra, desaparecidos y muertos. Muertos sin nombre y sin tumba.

Según cifras de la Asociación de Familiares de Detenidos – Desaparecidos (Asfaddes), entre 1984 y 2003 en todo el país se presentaron 6.875 desapariciones forzadas, en las que se vieron involucrados grupos de izquierda, de derecha y el mismo Estado colombiano.

Aunque ciudadanos del común y autoridades reconocen que en los últimos años el número de cuerpos que baja por el río Magdalena es inferior al de años pasados, esa modalidad de crimen aún se presenta y continúa siendo el método preferido por los asesinos para tratar de borrar las evidencias.

Un informe de la Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos), revela que entre 2000 y 2003, solo en el Magdalena Medio, se presentaron 208 desapariciones forzadas, de ellas 13 en Bolívar, 186 en Santander y 9 en Antioquia.

David Ravelo, secretario general de Credhos, aseguró que únicamente el año pasado 17 personas desaparecieron en Barrancabermeja.

“El Bloque Central Bolívar de las autodefensas ejerció mucho control y terror en esta zona. Aquí se cerró una tenaza de unanimismo político”, asegura Ravelo.

Precisamente Barrancabermeja, por ser considerada la capital del Magdalena Medio, carga con el mayor peso de la guerra. Cifras de Acción Social revelan que entre el año 2000, cuando ingresaron los paramilitares al casco urbano, y hasta el 2005, 13.720 personas sufrieron desplazamiento forzado en esa ciudad y se registraron 1.448 homicidios.

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